We need your help to continue and expand the Outreach ministry.

¿Qué dice la Iglesia sobre las personas LGBTQ?

Outreach Original James Martin, S.J. / October 11, 2026 Print this:
Asistentes a la conferencia Outreach de 2026 en la Universidad de Georgetown, en Washington D. C. (Foto cortesía de Kevin Robles).

La doctrina oficial de la Iglesia católica sobre las personas lesbianas, gays, bisexuales, transexuales o queer (LGBTQ) se reduce a unas pocas líneas del Catecismo. Pero la enseñanza que la Iglesia puede ofrecer sobre ese tema es mucho más amplia que eso. Ocurre lo mismo con la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio, la pobreza, la pena de muerte, el medio ambiente o cualquiera de las cuestiones complejas que nos incumben. La enseñanza de la Iglesia sobre todos estos asuntos, desplegada durante más de 2.000 años, es demasiado rica para caber en un solo libro, por muy completo que sea. Teniendo esto en mente, volvamos a la pregunta inicial:

¿Qué dice la Iglesia católica sobre las personas LGBTQ? 

Dios te creó y te quiere

La enseñanza central sobre las personas LGBTQ es esta: todo ser humano es creado y amado por Dios. Como escribió el papa León XIV en su encíclica Magnifica Humanitas, “en el centro de la visión cristiana del ser humano está la gran afirmación bíblica de que el hombre y la mujer son creados a imagen y semejanza del Dios trinitario” (n. 50). Y eso incluye también a las personas LGBTQ. Eso es algo que puede parecer obvio hoy para la mayoría de los católicos, pero ciertamente no lo fue tanto en décadas pasadas.

Nuestra dignidad como seres humanos es inviolable y, como afirma el Papa León en este hermoso pasaje: “es la dignidad que pertenece a todo ser humano, simplemente por el hecho de existir, por haber sido querido, creado y amado por Dios; ningún pecado, ningún fracaso, ninguna humillación, ninguna exclusión puede afectar el valor profundo de una vida humana que Él ha querido y llamado al ser” (n. 52).

La enseñanza más fundamental sobre las personas LGBTQ es esta: todo ser humano es creado y amado por Dios.

La Iglesia enseña, además, que Dios ama a cada persona con un amor desproporcionado, un amor que nos resulta difícil de comprender, porque sobrepasa incluso el profundo amor que un padre amoroso siente por su hijo. “Con amor eterno te amé”, dijo Dios en el libro de Jeremías (31:3). Y, como cualquier padre amoroso desearía para su hijo, Dios no quiere más que lo mejor para nosotros: “porque yo sé los designios que tengo para vosotros”, dice Dios, “designios de prosperidad, no de desgracia, de daros un porvenir y una esperanza” (Jer 29,11).

Hoy, estas enseñanzas tan simples son esenciales para muchas personas LGBTQ, especialmente para aquellas que se perciben, quizá, como un error de la naturaleza, o a quienes se les ha dicho que son indeseables y han sentido el rechazo de su propia Iglesia o de su propia familia. Por fortuna, en Occidente, muchos creyentes de la comunidad LGBTQ saben instintivamente que Dios los ama o lo han llegado a saber gracias a que han tenido padres, hermanos, sacerdotes o maestros empáticos, gracias a sus experiencias en parroquias que han sabido ser acogedoras, o lo saben a través de los sacramentos y en su oración personal. Pero en otras partes del mundo, donde la homofobia es rampante  ̶ incluso dentro de los círculos católicos ̶ , este es un elemento de la enseñanza de la Iglesia que tenemos que enfatizar constantemente.

El peligro de no enseñar, clara y repetidamente, que Dios ama a las personas LGBTQ no es sólo que puedan seguir siendo perseguidas y excluidas, con las trágicas consecuencias que eso conlleva. Un peligro igualmente grave es que las personas LGBTQ (y sus amigos y familiares) puedan terminar convencidas de que Dios no las quiere de verdad, que es justo lo contrario de lo que la Iglesia cree y enseña.

Durante su ministerio público, Jesús no dijo nada sobre la homosexualidad.

Además, es importante señalar que en ninguna parte de su doctrina la Iglesia católica enseña que el simple hecho de ser LGBTQ sea un pecado. 

Así que la enseñanza clave que la Iglesia debería repetir a los católicos LGBTQ es: Dios te creó y te quiere. Y, gracias a eso, tienes una dignidad que nadie puede quitarte.

Jesús y los Evangelios

Con todo esto en mente, acudamos a Jesús. 

Para el cristiano, las enseñanzas más esenciales de la Iglesia se centran en lo que Jesús dijo y en los gestos que hizo durante su ministerio público. Para la “Constitución dogmática sobre la revelación divina” del Concilio Vaticano II (Dei Verbum), Jesucristo es la “plenitud de la revelación” (n. 2). Se podría decir, entonces, que la fuente radical de la enseñanza de la Iglesia no es un libro, sino una persona: Jesucristo.

Durante su ministerio público, Jesús no dijo nada acerca de la homosexualidad, al menos nada que hayan registrado los Evangelios. Y ciertamente podría haberlo hecho, pues se pronunció sobre una gran variedad de cuestiones afines, como el matrimonio, el divorcio o los lazos familiares (Mt 19,1-12; Mc 3,31-35). Pero lo cierto es que no habló expresamente de homosexualidad.

Resulta evidente, sin embargo, que Jesús se nos muestra siempre cerca de quienes quedan en los márgenes, que es como muchas personas LGBTQ se sienten hoy, ya sea dentro de la Iglesia o de la sociedad en general. Muchas historias del Evangelio relatan cómo Jesús se acercó empáticamente a personas que se sentían rechazadas, ignoradas o excluidas. Cada uno de estos encuentros podría enseñarnos algo importante, precisamente ahora que estamos reflexionando sobre la actitud de la Iglesia hacia las personas LGBTQ y sobre el hecho de que muchas de ellas se sientan claramente excluidas.

¿Cómo trata Jesús a estos marginados? Veámoslo brevemente en tres pasajes concretos del Evangelio.

Primero, en el Evangelio de Mateo y de Lucas, Jesús se encuentra con un centurión romano que pide la curación de su siervo (Mt 8,5-13; Lc 7,1-10). Cuando el centurión le dice a Jesús que no se siente digno de que Él entre bajo su techo, Jesús se admira de su fe, que le parece mayor que la que ha encontrado “en ninguno de los israelitas” y decide curar al siervo. Nótese que, si bien este centurión (según el Evangelio de Lucas) había proporcionado los fondos para construir la sinagoga local de Cafarnaún, queda muy lejos de ser un judío; es un romano y un pagano y, además, miembro del ejército ocupante. 

Podemos ver a Zaqueo como una especie de emblema del católico LGBTQ; no porque se deba equiparar a las personas LGBTQ con el pecado, sino por la sensación de exclusión que probablemente experimentaba.

Sin embargo, Jesús trata al centurión con un inmenso respeto y le concede lo que pide. Aquí tenemos un primer signo de cómo Jesús trata a las personas marginadas.

En segundo lugar, consideremos la historia de la mujer samaritana que Jesús encuentra junto al pozo, tal como relata el Evangelio de Juan (4:4-42). Este es un pasaje importante para las personas LGBTQ porque, a medida que avanza la historia, descubrimos que esta mujer samaritana probablemente fue excluida de su comunidad, lo que explica que vaya a buscar agua al mediodía, el momento más caluroso del día, cuando otras mujeres no estarían allí. Una posible causa para su exclusión, y que Jesús intuye de inmediato, es que ha estado casada cinco veces y actualmente vive con un hombre que no es su marido. Por lo tanto, tiene lo que podríamos llamar antecedentes sexuales anómalos.

Esta es una razón de peso por la que esperaríamos que Jesús evitara pasar mucho tiempo con ella e incluso que hubiera pasado de largo sin hablarle. Además, se trata de una samaritana, miembro de una comunidad en conflicto con los judíos de la época. Esta es una de las razones por las que la parábola de Lucas del buen samaritano nos impacta tanto (10:25-37). Y luego está este otro detalle: ella es mujer. Y, aunque Jesús habla habitualmente con mujeres durante su ministerio público, el Evangelio de Juan dice expresamente que los discípulos se “maravillaron” de que estuviera conversando con ella.

De hecho, Jesús entabla con la mujer samaritana una de las conversaciones más largas que registran los Evangelios y se revela ante ella como el “agua viva”. Después de esto, la mujer regresa a su pueblo para proclamar lo que ha experimentado: se convierte en un apóstol. No es uno de los Doce, pero sí un apóstol, es decir, alguien enviado, que es el significado de la palabra griega apostolos. No vemos en este pasaje ningún atisbo de condena, solo la historia de Jesús que se encuentra con la mujer samaritana, la escucha y le revela incluso algo crucial sobre su identidad divina que no había revelado a otros. Es otro signo muy evidente de cómo Jesús trata a los marginados.

Finalmente, recordemos la narración del evangelista Lucas sobre Zaqueo, el jefe de los recaudadores de impuestos de Jericó (19:1-10). Zaqueo habría sido marginado por la comunidad judía de Jericó por dos razones: primero, por su complicidad con las autoridades romanas y, segundo, por la sospecha generalizada de que los recaudadores de impuestos llenaban su propio bolsillo con el dinero de sus recaudaciones.

Debemos analizar los pasajes bíblicos sobre la homosexualidad en sus contextos históricos y culturales.

Podemos entender a Zaqueo como un espejo del católico LGBTQ. Y no porque una persona LGBTQ deba ser equiparada con el pecado, sino por su probable autopercepción como excluida. La situación marginal de Zaqueo y la actitud de Jesús hacia él nos invitan a reflexionar sobre cuál debería ser la sensibilidad pastoral de la Iglesia hacia las personas LGBTQ.

El evangelio de Lucas describe a Zaqueo como de baja estatura, tan baja como la posición que las personas LGBTQ parecen tener en la Iglesia hoy. Lucas nos dice, además, que Zaqueo “no conseguía ver a Jesús a causa de la multitud”. Con demasiada frecuencia, la Iglesia se ha convertido en esa “multitud” que impide que las persona con poca “estatura” puedan ver a Jesús. Así que Zaqueo debe trepar a un sicómoro cercano para poder atisbar a Jesús y debe hacer un esfuerzo mayor que los demás para llegar a encontrarse con Él.

Cuando Jesús descubre a Zaqueo en el árbol, anuncia ante la multitud que cenará en su casa. Es lo que los estudiosos del Nuevo Testamento llaman “comensalidad”, un signo inequívoco de acogida. Sin embargo, a Lucas no se le escapa la crítica del gentío: “murmuraban todos”, dice. Ya entonces, como ahora, mostrar misericordia hacia la gente marginada parece enfurecer a ciertas personas.

Sin embargo, tanto Jesús como Zaqueo se mantienen firmes ante estas murmuraciones. El verbo griego que Lucas usa aquí aquí es statheis, que connota justamente eso: mantenerse en pie, no ceder. Entonces, aquel recaudador de impuestos experimenta una conversión y promete que pagará cuatro veces más a cualquiera que él haya defraudado y que dará la mitad de su dinero a los pobres. Curiosamente, los verbos griegos están aquí en tiempo presente: “Yo pago…” “Yo doy…” Entonces, tal vez la conversión que estamos destinados a ver no es solo la de Zaqueo, sino la de la multitud, que se da cuenta de que este hombre, que parecía tan marginal, era mucho más generoso de lo que todos pensaban.

La historia de Zaqueo nos habla de la necesidad de que la Iglesia se ponga del lado de los marginados, incluso si la gente “murmura”. En general, cada una de estas tres historias del Evangelio  ̶ el centurión romano, la mujer samaritana y Zaqueo ̶  son aspectos fundamentales de enseñanza de la Iglesia, que nos recuerdan que debemos estar siempre con quienes se sienten excluidos, como suele ser el caso de las personas LGBTQ.

(Hay una charla de James Martin sobre estas tres historias, pronunciada en la Iglesia del Gesù de Roma, que está disponible aquí.)

La homosexualidad en el Antiguo y en el Nuevo Testamento

Aunque la cuestión homosexual reviste hoy grave urgencia para muchas personas, Jesús nunca se pronunció explícitamente al respecto en los Evangelios. Y podría haberlo hecho. Una exégesis reciente sostiene que el siervo del centurión romano era probablemente su amante, basándose en que está designado con el término griego pais (el joven, el chico), una expresión mucho más afectuosa que el doulos habitual (el siervo o el esclavo), pero esta es una opinión discutida entre los estudiosos. En general, puede concluirse que no hay evidencias explícitas sobre la homosexualidad en los Evangelios. Y cuando ocasionalmente se menciona en el Antiguo o en el Nuevo Testamento es con intención crítica y no salen muy bien parados los cristianos LGBTQ en ellos. Por ejemplo, en el Levítico (18:22) se califica la homosexualidad de “abominación”. Pero incluso una mirada superficial a estos pasajes puede revelar algunas consideraciones importantes. 

Recordemos que hay muchas cosas que el Antiguo Testamento consideraba “abominables” o que estaban abiertamente prohibidas: cometer fraude en los negocios (Dt 25:13-16); comer carne de cerdo (Lv 11:7-8); plantar dos cultivos diferentes en el mismo campo (Lv 19:19), y así sucesivamente. Y algunos de estos delitos se castigaban con la muerte, por ejemplo, el adulterio (Lv 20:10).

Sin embargo, es preciso interpretar estos pasajes bíblicos en su adecuado contexto histórico y cultural. Hoy hay judíos no observantes que no excluyen el cerdo de su dieta y agricultores que recomiendan plantar diferentes tipos de cultivo en un mismo terreno. Y si bien el adulterio es un pecado, desde luego no estaría justificado castigarlo hoy con la pena de muerte. En otras palabras, la mayoría de los creyentes contemporáneos comprenden que estas condenas y restricciones solo pueden entenderse en sus propios contextos históricos y culturales.

Como nos recuerda el Concilio Vaticano II en su “Constitución dogmática sobre la revelación divina” (Dei Verbum): “la Sagrada Escritura hay que leerla e interpretarla con el mismo Espíritu con que se escribió para sacar el sentido exacto de los textos sagrados y hay que atender no menos diligentemente al contenido y a la unidad de toda la Sagrada Escritura” (n. 12).

Muchas parejas del mismo sexo que han convivido durante años dirían que sus relaciones son, en efecto, fuentes profundas de amor y apoyo.

Del mismo modo, hay ciertas acciones en el Antiguo y el Nuevo Testamento que se presentan como moralmente aceptables, pero que ahora reconocemos como profundamente injustas o incluso abiertamente malvadas. Pensemos en la esclavitud, para poner el ejemplo más obvio. El Libro del Éxodo aprueba que un padre venda a su propia hija como esclava (21:7) y en la Carta a los Efesios, San Pablo pide a las personas esclavizadas que siempre “obedezcan a sus amos corporales” (6:5-9). La mayoría de los cristianos de hoy entienden que estas enseñanzas necesitan ser comprendidas en su contexto histórico y a veces, como en el caso de la esclavitud, entendidas de una manera totalmente nueva.

En cuanto a las condenas de la homosexualidad por parte de San Pablo, hay todo un campo de debate que se pregunta qué quiso decir San Pablo exactamente con las palabras arsenokoitai (un posible neologismo paulino que combina las palabras “masculino” y “cama”) y malakoi (que significa “suave” o “débil”), que hemos traducido con ligereza como “homosexuales”. Algunos autores contemporáneos sostienen que estas referencias de San Pablo pueden criticar formas perversas de relación, como la dominación masculina, la depredación sexual o la violación, en lugar de las relaciones amorosas y mutuamente consensuadas que muchas parejas del mismo sexo practican hoy, un esquema de relación probablemente desconocido para San Pablo.

Una vez más, estas lecturas deben entenderse en su contexto. Como suele decirse, un texto sin contexto es un pretexto que permite probar cualquier cosa. Las traducciones bíblicas más recientes intentan tener esto en cuenta. Por ejemplo, la New Revised Standard Version Updated Edition ofrece hoy una traducción más precisa, al tiempo que refleja las diferencias culturales a lo largo de la historia. Allí se traduce el término arsenokoitai que aparece 1 Cor 6:9 como “chaperos” o “prostitutos varones”. El reciente documental 1946: The Mistranslation That Shifted Culture analiza cómo estas desafortunadas traducciones condicionaron para siempre la comprensión cristiana de la homosexualidad.

(Si desea profundizar en el tratamiento bíblico de la homosexualidad puede consultar diversas opiniones solventes en The Outreach Guide to the Bible and Homosexuality o en nuestro libro The Bible and Homosexuality.)

El Catecismo ante la homosexualidad y las relaciones homosexuales

Cuando nos referimos al Catecismo de la Iglesia Católica, el compendio oficial de la enseñanza de la Iglesia, encontramos cierta compasión por las personas LGBTQ. El Catecismo nos pide no solo tratar, sino “acoger” a las personas homosexuales con “respeto, compasión y delicadeza” (n. 2359). El término concreto que usa el Catecismo, publicado por primera vez en 1992, es el de “personas homosexuales”, pero es razonable hacerlo extensivo a todas las personas LGBTQ en general.

Las palabras “acogida”, “respeto”, “compasión” y “delicadeza” son virtudes necesarias, fundamentales para un mundo, y a veces una Iglesia, donde las personas LGBTQ todavía pueden sentirse excluidas, ignoradas o denigradas.

David Palmieri, experto educador católico, nos recuerda que cuando el catecismo moderno fue redactado durante el pontificado de San Juan Pablo II, se publicó por primera vez en francés, en 1992. Hay una frase en el nº 2358 que es especialmente relevante. Refiriéndose a las personas con “tendencias homosexuales”, el texto francés dice: “Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza (Ils doivent être accueillis avec respect, compassion et délicatesse).

En la traducción al inglés de 1994 se interpretó esta frase como “Deben ser aceptados con respeto, compasión y delicadeza” (They must be received with respect, compassion, and sensitivity). “Pronto surgieron cuestionamientos sobre el significado de ‘received’ en inglés”, escribe Palmieri, “pues podía implicar un respaldo moral más que una simple consideración moral”. En 1997, la Iglesia hizo pública la traducción oficial del Catecismo al latín, donde se redactaba la polémica frase como: Excipiendi sunt observantia, compasión et suavitate (“Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza”). Palmieri escribe: “Mientras que la traducción al inglés de esta oración latina mantuvo la palabra ‘received’, el uso en la versión latina de excipiendi sunt (deben ser acogidos) dejó bien claro que la intención de la Iglesia es de hospitalidad”.

Curiosamente, en la versión original en inglés del Catecismo, publicada en 1994, también se especificaba que “no son ellos quienes eligen su orientación homosexual”, una idea que se dejó de lado en ediciones posteriores y que ya no figura en la versión digital, sino sólo en las ediciones impresas más antiguas.

Como dice Jesús en Juan 13:34, se nos invita a “amarnos los unos a los otros”.

Otras citas muy comunes del Catecismo enseñan que la homosexualidad (nos referimos a la inclinación, no a la persona) es un “desorden objetivo” y que los actos homosexuales son “intrínsecamente desordenados” (n. 2358). Por ello, los homosexuales están llamados al celibato, como se indica en la “Declaración sobre ciertas cuestiones relativas a la ética sexual” (Persona Humana), que publicó en 1975 la Congregación para la Doctrina de la Fe.

¿Qué alcance tienen estos términos? 

En primer lugar, no quiere decir que las personas LGBTQ sean un error ni tampoco que estén psicológicamente desordenadas o sean un desorden en sí mismas. En la teología católica hay dos propósitos para las relaciones sexuales, que están  en “inseparable conexión”, como se explica en la encíclica de 1968 del Papa Pablo VI Humanae Vitae “Sobre la regulación del nacimiento” (n.12). Se trata de términos fundamentalmente filosóficos y teológicos que tienen que ver con los fines o propósitos (los telos, en la terminología griega) de las relaciones sexuales humanas.

Uno de los propósitos de la relación sexual es el “procreador” (es decir, tener hijos) y el otro es el “unitivo” (el amor mutuo, el afecto y el apoyo). La iglesia dice que, como las parejas del mismo sexo no pueden tener hijos, el impulso erótico hacia las relaciones homosexuales no está “ordenado” o dirigido hacia el propósito adecuado. También es importante notar que, cuando el Catecismo habla de “desorden”, no está comentando sobre el amor mutuo, el afecto o la amistad profunda que puede existir entre dos hombres o dos mujeres, sino sobre los impulsos físicos eróticos. De hecho, incluso al explicar por qué “no pueden justificar” las relaciones homosexuales que implican actividad sexual, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe ha reconocido recientemente que en estas relaciones “hay elementos positivos, que son buenos en sí mismos y dignos de ser valorados y apreciados”.

Aunque no tengan la misma autoridad doctrinal que un documento vaticano, algunos obispos concretos y varias conferencias episcopales han hablado ya positivamente sobre el ejemplo de amor que existe dentro de las parejas del mismo sexo. En 2022, en el documento llamado “Estar pastoralmente cerca de las personas homosexuales”, los obispos de Bélgica escribieron: “Otras personas optan por una vida en pareja, en unión duradera y fiel con un compañero. Ellos también merecen nuestro aprecio y apoyo, ya que esta relación, aunque no sea un matrimonio religioso, puede ser igualmente una fuente de paz y de felicidad compartidas.”

Y muchas parejas del mismo sexo que han vivido juntas durante años testimonian que sus relaciones son, en efecto, fuentes profundas de amor y de apoyo. Son muchas las parejas de personas del mismo sexo que son ejemplo de un amor abnegado, como ocurre cuando una de las dos enferma y es cuidada por la otra. Es fácil entender que estas personas se sientan heridas cuando la Iglesia no acierta a reconocer estas relaciones de amor como “unitivas”.

Más recientemente, la Iglesia ha enseñado que los sacerdotes y diáconos, bajo ciertas circunstancias, pueden dar la bendición cuando alguna pareja del mismo sexo lo solicite. Muchos observadores vieron en este gesto un gran paso adelante, pero despertó igualmente cerradas resistencias en algunos sectores. Aquel documento, promulgado por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe y denominado Fiducia Supplicans (“Sobre el sentido pastoral de las bendiciones”), especificaba que esas bendiciones no pueden ser litúrgicas (pues no son una ceremonia matrimonial) y no se pueden planificar (enviando invitaciones, por ejemplo), sino que deben surgir como bendiciones espontáneas (por ejemplo, en los pasillos del templo, antes o después de la misa). La idea es evitar cualquier similitud con una boda litúrgica celebrada entre personas del mismo sexo.

Estas formas de bendición han resultado especialmente controvertidas para muchos obispos de África y para la principal conferencia episcopal africana, que se manifestó contraria a esta oferta del Vaticano. En cambio, en otros muchos lugares, especialmente en Occidente, esta posibilidad ha encontrado una acogida y unos modos que han logrado devolver a muchas parejas del mismo sexo (como se designan en el documento) la convicción de que los ministros de la Iglesia son capaces de ofrecerles la atención pastoral que necesitan. 

(Para más información sobre Catecismo y homosexualidad, véase “¿Cuál es la enseñanza oficial de la Iglesia sobre la homosexualidad?”).

La atención pastoral en personas transexuales

Finalmente, está la cuestión, relativamente novedosa, de la enseñanza y el cuidado pastoral que la Iglesia puede brindar a las personas transexuales. En este tema, la respuesta de la Iglesia ha sido compleja, variando de país a país, e incluso de diócesis a diócesis. En Amoris Laetitia, la exhortación apostólica que siguió al Sínodo sobre la Familia de 2015, el papa Francisco aclaró que ‘el sexo biológico (sex) y el papel sociocultural del sexo (gender) se pueden distinguir pero no separar” (n. 56).  Al mismo tiempo, ya hacia el final de su vida, el papa Francisco se reunió regularmente con personas transexuales, como signo de su cercanía pastoral.

En 2019, la oficina del Vaticano conocida entonces como Congregación para la Educación Católica (que hoy forma parte del Dicasterio para la Cultura y la Educación) emitió una declaración titulada “Hombre y mujer los creó”, que condena cualquier “teoría de género” que permitiera a las personas elegir su propio género. No obstante, al mismo tiempo, el documento reclama mayor diálogo y escucha sobre este tema. Hace unos años, cuando me reuní con el prefecto de esa Congregación, el cardenal Giuseppe Versaldi, me autorizó a compartir públicamente su deseo de que el documento no molestara a las personas transexuales y subrayó que era un documento destinado principalmente a las escuelas católicas.

¿Y qué decir respecto al tratamiento y la atención pastoral de las personas transexuales en la Iglesia en los Estados Unidos?

De un lado, hay algunos obispos que levantan muros y hasta prohiben que estudiantes transexuales asistan a centros educativos católicos. Pero, del otro lado, se han difundido directrices desde algunas diócesis de los Estados Unidos y desde el Dicasterio para la Doctrina de la Fe del Vaticano que aclaran que las personas transexuales pueden ejercer como padrinos y testigos en las bodas. La diócesis de Davenport, en Iowa, por poner sólo un ejemplo, emitió un documento sobre la atención pastoral a las personas LGBTQ. Fue el fruto de varias sesiones de diálogo y de escucha.

Por último, tenemos el testimonio de obispos como el cardenal Wilton Gregory, exarzobispo de Washington, D.C., al que, cuando una joven transexual le preguntó dónde encajaba ella en la Iglesia, le contestó sin dudarlo: “Tú perteneces al corazón de esta Iglesia”. Y son muchas las parroquias que acogen y dan la bienvenida a personas transexuales en el ministerio pastoral, como hemos compartido ya en varios artículos en Outreach.

Otras maneras de enseñar
Los expertos en Nuevo Testamento nos recuerdan que Jesús enseñó tanto con las palabras como con los hechos, y que ambas enseñanzas se complementan. De la misma manera, lo que los líderes de la Iglesia, especialmente los papas o los obispos, digan o hagan constituye también una enseñanza. Recordemos, sin embargo, que hay diferentes “niveles” de enseñanza en la Iglesia: lo que el Concilio Vaticano II promulgó en un documento o lo que el papa dejó escrito en una encíclica, está naturalmente en un nivel diferente que el simple comentario casual de un obispo, o lo que un sacerdote o un diácono hayan podido decir en una homilía. Con eso en mente, recordemos algunas de esas “enseñanzas” a lo largo de los últimos años.

Para empezar, aunque todavía no está incluido en el Catecismo de la Iglesia Católica, el Papa Francisco se pronunció públicamente contra la criminalización de la homosexualidad (recordemos que en algunos países las relaciones homosexuales no sólo son un delito penal, sino que se penalizan con la muerte). Durante su papado, Francisco también dijo que los padres nunca deberían abandonar a sus hijos LGBTQ; nombró a un hombre abiertamente gay para una comisión papal; escribió cartas de bienvenida a las conferencias Outreach; y se reunió con católicos que ejercen su ministerio pastoral con personas LGBTQ, incluyendo a personas como la Hermana Jeannine Gramick, S.L., cofundadora de New Ways Ministry, o yo mismo. Todas estas son formas de enseñanza.

Más recientemente, el Papa León XIV habló con la periodista Elise Allen, autora de su biografía. En el curso de la conversación, surgió la cuestión LGBTQ y el Santo Padre respondió resueltamente: “Lo que intento decir es lo mismo que Francisco expresó muy claramente cuando decía ‘todos, todos, todos’. Todos están invitados, pero no porque sean o no de alguna identidad específica, sino porque son hijos e hijas de Dios. Todos son bienvenidos. Debemos conocernos unos a otros y respetarnos mutuamente.”

En mi propia audiencia con el Santo Padre en septiembre de 2026, el mensaje que escuché fue que deseaba proseguir el camino de apertura y de bienvenida iniciado por el Papa Francisco, pero que también tenía otros asuntos importantes en su agenda, como la guerra, la paz y la unidad de la Iglesia. Y todo ello forma parte también de la enseñanza de los papas.

Últimamente en la Iglesia ha habido un verdadero aluvión de cardenales, arzobispos y obispos que se han expresado sobre la necesidad de extender la atención pastoral a las personas LGBTQ: en Italia el cardenal Domenico Battaglia, en Estados Unidos el cardenal Robert McElroy o en Brasil el obispo Arnaldo Carvalheiro Neto, que se ha convertido en el enlace oficial de la conferencia episcopal brasileña con los católicos LGBTQ. Nuevamente, todas estas son formas de enseñanza; en este caso de los obispos, cuyo ministerio tradicional ha sido “enseñar, gobernar y santificar”. Diez obispos italianos estuvieron presentes también en una reciente conferencia celebrada en la Curia de los Jesuitas en Roma, en la que surgieron preguntas sobre la pastoral a las personas LGBTQ y se reflexionó sobre estos otros niveles de enseñanza de la Iglesia.

(Véanse al respecto otras referencias en Outreach.faith para las búsquedas pontífices, cardenales, arzobispos y obispos en relación con las personas LGBTQ)

Amaos los unos a los otros
En definitiva, siempre que consideramos la doctrina de la Iglesia sobre las personas LGBTQ retornaremos siempre a la enseñanza fundamental: también las personas LGBTQ son creadas y queridas por Dios. Y cuando nos fijamos en las palabras y en las obras de Jesús en su ministerio público y lo vemos dirigirse repetidamente a los marginados, estamos invitados a preguntarnos si nosotros estamos “haciendo lo mismo” y de qué modo las estamos tratando y acogiendo con ese “respeto, compasión y delicadeza” que nos enseña el Catecismo.

Jesús lo dice de modo aún más sencillo en Jn 13:34, “amaos los unos a los otros”.


Algunas partes de este texto aparecieron de forma más resumida en “What does the Catholic Church teach on LGBTQ people?” en US Catholic; “What is official church teaching on homosexuality?” en America Media y en “Zacchaeus, the grumblers and LGBTQ people en Outreach.faith. Véase también la colección de ensayos de Outreach, editada por Michael J. O’Loughlin, The Bible and Homosexuality; así como estos otros ensayos, disponibles en línea: The Outreach Guide to the Bible and Homosexuality. Para profundizar en los conceptos de “respeto, compasión y delicadeza” que menciona el Catecismo de la Iglesia Católica, véase mi libro Tender un puente: cómo la Iglesia Católica y la comunidad LGBTI pueden entablar una relación de respeto, compasión y sensibilidad.

James Martin, S.J.

James Martin, S.J., is the founder of Outreach and the editor at large of America Media. His most recent book, "Work in Progress," is a New York Times bestseller.

All articles by James Martin, S.J.

Outreach is part of America Media. To support Outreach you can make a donation or subscribe to America.