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“Por lo tanto, la dignidad fundamental de cada persona no se adquiere, no debe ganarse ni necesita ser demostrada.”
-Carta Encíclica “Magnifica Humanitas”
“Salí del clóset” en 1992, en Washington D.C. Léase: Fui capaz de reconocer algo que prácticamente todos a mi alrededor sabían en secreto: era homosexual. En mi caso particular, ese reconocimiento ocurrió tanto en el contexto de una profunda vivencia de la fe católica como en el de una comunidad expulsada de los terrenos eclesiales por el entonces temido cardenal Ratzinger. Fui testigo de cómo estos creyentes siguieron profundamente comprometidos con una iglesia que los rechazaba de la forma más obvia, desde una fe, para algunos, heredada; para otros, aprendida; pero para todos entrelazada íntimamente con su identidad. Aquel nuevo entendimiento de mí mismo pronto encontró expresión en el servicio pastoral.
Cada domingo, llevábamos la comunión a la Clínica Whitman-Walker, el corazón de la lucha contra el VIH/SIDA de la ciudad. La enfermedad, que entonces era prácticamente una sentencia de muerte, unida al miedo que despertaba el contraerla, hacía que muchos en la iglesia evitaran discretamente el acompañamiento pastoral de estos enfermos. Aquellas escenas de desconsuelo semanal eran dignas del infierno de Dante. Nunca he podido olvidarlas. Tampoco he querido hacerlo, pues con ellas aprendí que, frente al miedo, al rechazo y la exclusión, hay que confiar en Dios y construir puentes.
Desde estos ecos y a propósito de la reciente visita del Papa León XIV a España, me encuentro reflexionando sobre la iglesia latinoamericana y, en particular, sobre la dominicana. Pienso en una iglesia a la que su propia realidad ha llamado constantemente a salir al encuentro del marginado y del herido. Pienso también en las ocasiones en que no ha atendido su llamado. Pocas realidades evidencian esta ausencia con mayor claridad que la relación, o su ausencia, de nuestra jerarquía eclesiástica con las personas LGBTIQ+.
En otras palabras, la ley no abarca la realidad de la experiencia humana; el amor sí.
La realidad de las personas en América Latina está lejos de ser homogénea. Existen países como Argentina, Uruguay, Colombia, Brasil y Puerto Rico donde hay un amplio reconocimiento legal y mecanismos relativamente robustos de protección. Otros, como Chile, Cuba, Costa Rica, México y Ecuador, muestran avances jurídicos importantes, aunque persisten deficiencias que dificultan su ejercicio efectivo en la vida cotidiana. Finalmente, encontramos países como República Dominicana, Nicaragua, Haití, Jamaica, Honduras, Paraguay, Guatemala y El Salvador, donde continúan existiendo importantes vacíos, tanto jurídicos como sociales. Esta clasificación no constituye una medida de dignidad, aceptación o humanidad. Como sabemos, la experiencia humana suele resistirse a las categorías jurídicas.
Brasil posee uno de los marcos legales más avanzados y, al mismo tiempo, continúa enfrentando niveles estremecedores de violencia contra las personas LGBTIQ+. Gracias al sistema federal estadounidense, Puerto Rico disfruta de amplias protecciones legales; sin embargo, la burla social y el rechazo familiar siguen siendo comunes. Chile ha experimentado avances legislativos notables, pero la realidad depende en buena medida de la geografía y de la clase social. La ley importa. Pero, como nos enseñó Pablo en su Carta a los Romanos (13:8-10): “El cumplimiento de la ley es el amor.” La realidad moral no se reduce a la norma jurídica, sino que encuentra su perfección en el amor propio y el amor al próximo. En otras palabras, la ley no abarca la realidad de la experiencia humana; el amor sí. A pesar de que en Latinoamérica existe una disonancia considerable entre los derechos reconocidos y la dignidad efectivamente vivida, es precisamente esta brecha la que, paradójicamente, acerca a la experiencia de fe de los creyentes LGBTIQ+ latinoamericanos.
En la República Dominicana, por ejemplo, las relaciones entre personas del mismo sexo no constituyen un delito. Sin embargo, durante el reciente proceso de aprobación del Código Penal, una legisladora se aseguró, con sorna, de eliminar cualquier referencia que protegiera a este colectivo. No se trató simplemente de una postura legislativa. Fue un acto de visible encono e invisibilización doblemente reprochable, porque al borrar un porcentaje importante de la población, también incluía a miembros de su propia familia.
Más difícil aún resulta saber que quienes promovieron esa exclusión encontraron cobijo en sectores importantes de la jerarquía eclesiástica local, uno de cuyos miembros fue recientemente elevado al episcopado por el propio León XIV.
La contradicción implícita en todo esto tiene consecuencias prácticas que van mucho más allá del debate legislativo. No solo provoca que miembros de la misma Iglesia Católica queden sin la protección jurídica más básica, sino que permanezcan expuestos a una profunda vulnerabilidad. Más grave aún, y escandaloso para mí, es que transmite la impresión de que este proceder cuenta con la aprobación implícita de quienes representan a la iglesia llenando a esos creyentes de una profunda desesperanza. Por lo tanto, el problema del pueblo de Dios dominicano va mucho más allá de la legislación que lo protege.
Aunque esta reflexión se concentra en el colectivo LGBTIQ+, sería injusto no reconocer que dinámicas similares afectan a otros grupos humanos: la comunidad migrante, particularmente la haitiana; los dominicanos de ascendencia haitiana, privados también de derechos tan fundamentales como el nombre o la nacionalidad; y las mujeres, especialmente las pobres y racializadas.
Para mí, el camino es claro y siempre lo fue: de cara al sol. Pero no me engaño. Sé el precio que he pagado por mi decisión.
Tradicionalmente, las personas homosexuales, bisexuales, intersexuales y transgénero han experimentado dentro de la iglesia dominicana diversas formas de rechazo, muchas de ellas tremendamente crueles, y rara vez han encontrado algún reconocimiento institucional o consuelo pastoral auténtico. En términos prácticos, esta realidad sigue dando lugar a dos experiencias básicas para los católicos LGBTQI+. Unos optan por vivir de cara al sol, pero sometidos a las burlas, humillaciones y exclusiones en espacios llamados precisamente a ofrecer acogida. Otros, más tradicionales tal vez, siguen optando por ocultarse para evitar el señalamiento público. Además, quienes cuentan con los recursos económicos para hacerlo se autoexilian; otros terminan en la prostitución. Sin embargo, todos estos caminos conducen al mismo lugar: la interiorización más plena y profunda del rechazo recibido. Para mí, el camino es claro y siempre lo fue: de cara al sol. Pero no me engaño. Sé el precio que he pagado por mi decisión.
Y, cuando el rechazo deja de venir de fuera para instalarse en el interior, las consecuencias psicológicas y emocionales son profundas y poderosas. La dignidad deja de sentirse propia. La libertad prometida en el bautismo se vuelve inalcanzable. El ser humano aprende a contemplarse a sí mismo desde el odio, con los ojos de quienes lo desprecian. Y aquí, no es el pecado el principal obstáculo para la gracia, sino la mentira interiorizada que conduce al escarnio propio y a una ausencia total de consuelo. Así las cosas, la cuestión trasciende el ámbito social y se adentra en el espiritual.
Llegados a este punto, la pregunta indispensable es sencilla: ¿Cuál debería ser pues la relación de la iglesia con el colectivo LGBTQI+? La pregunta no es nueva. La Iglesia Católica viene discerniendo de forma expresa desde hace décadas. Sin embargo, León XIV la recordó con particular insistencia durante su reciente visita a España, cuando al dirigirse a los obispos, afirmó: “Vuestra misión os reclama custodiar la unidad, favorecer el diálogo, sanar las fracturas y acompañar el camino del pueblo encomendado a vuestro cuidado”.
En Montserrat, León XIV elevó una súplica a la Madre de Dios que, a mi juicio, ilumina también la relación con las personas LGBTQI+, cuando dijo: “Pidamos a María, reina de la paz, que nos enseñe a renunciar a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a la murmuración y a las calumnias. Y que aprendamos a custodiar y a cultivar el amor en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos y en las comunidades cristianas, de modo que el odio ceda paso a la esperanza y la paz.”
Su mensaje olía a rebaño y resonaba con fuerza gloriosa. Aunque no estuvo dirigido específicamente a las personas LGBTIQ+, resulta difícil ignorar su relevancia para con ellas.
Nótese que el Papa no entra en un debate teológico. Esta ausencia creo que también debe ser interpretada como un mensaje sobre las prioridades. Esa discusión, la teológica, llegará a su debido tiempo y personalmente, aspiro a que, como en numerosas ocasiones, concluya en una mayor inclusión. Pero hoy, esa discusión, a la luz de lo que hizo y dijo el papa León XIV en España, es otra conversación para otro momento. Lo que apremia al Papa ahora es lo pastoral. Parece formular una pregunta inmediata y radical: ¿Cómo tratamos concretamente a los seres humanos? ¿Cómo debe actuar pastoralmente la iglesia en una sociedad herida por la polarización, el miedo y la exclusión?
En este sentido, León XIV no dicta ni condena; más bien, invita. Desde la mansedumbre de su voz, nos llama a reconocer una verdad sencilla, anunciada ya por San Juan Pablo II y reafirmada posteriormente por el magisterio de la iglesia, aunque todavía encuentre resistencias, casi medio siglo después, dentro de los mismos pasillos eclesiales: para la iglesia, la dignidad del ser humano precede a cualquier otra consideración. Con sus palabras, él nos recuerda que el Evangelio comienza con un encuentro antes que con una conversión. Nos enseña que nadie debería ser expulsado de una comunidad cristiana antes de haberse sentido escuchado. Insiste en que la dignidad humana no depende de condición alguna: edad, origen, estatus social, orientación sexual o identidad de género.
Desde la sencillez de esta reflexión, pido a Dios que la iglesia escuche esa invitación. Que comprenda que reconocer la dignidad del marginado no significa abandonar convicciones ni adoptar ideologías ajenas. Significa construir espacios donde sea posible para todos y todas hablar sin miedo, escuchar sin prejuicios y acompañar sin condiciones previas. Significa tender puentes de reconciliación entre el pueblo y su Dios.
Porque allí donde esos puentes faltan, la dignidad termina convirtiéndose en una palabra abstracta y la libertad se transforma en una promesa hueca. Sin embargo, donde una comunidad sabe acercarse al otro sin juzgarlo, se realiza el milagro de la iglesia: las diferencias dejan de ser una amenaza y se convierten en una expresión concreta de la universalidad divina.
Hace más de 35 años contemplé personas que morían: algunas convencidas de su propia indignidad, llenas de odio hacia sí mismas; muchas otras también llenas de odio hacia el Dios con el que, creo, estaban a punto de encontrarse. Todas privadas de la atención, del consuelo o incluso de la simple presencia de una iglesia llamada a ser reflejo de Cristo en la tierra. Sin embargo, fue precisamente allí donde también comprendí que la fe solo encuentra sentido pleno cuando nos conduce al encuentro de Dios desde la dignidad humana. Para mí, la invitación que León XIV dirige hoy desde España a la Iglesia Universal consiste en encarnar en el mundo, mediante una acción pastoral cercana y concreta, el verdadero misterio de la cruz: que la dignidad humana no admite excepciones.



