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Por qué una pareja gay decidió bautizar a sus hijos en la iglesia católica

Outreach Original Daniel Castillo Vaughan / April 13, 2026 Print this:
Daniel Castillo Vaughan con su esposo y sus dos hijos en el día de su bautismo. (Foto cortesía del autor.)

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Cuando mi esposo Jose y yo decidimos bautizar a nuestros hijos en la Iglesia Católica, la decisión no surgió desde la certeza. Surgió en una etapa marcada por la espera, la oración y la perseverancia silenciosa de la esperanza, cuando el deseo de convertirnos en padres se sentía frágil y profundamente puesto a prueba.

Somos una familia católica de Costa Rica. Debido a limitaciones legales locales, nuestro camino hacia la paternidad se desarrolló en México. Esta realidad añadió capas de complejidad—logística, emocional y espiritual—a un proceso que ya requería paciencia y confianza. Sin embargo, a lo largo de todo ese tiempo, nuestra fe fue el lugar al que regresábamos cuando la claridad era escasa y los resultados inciertos.

Nuestra fe nunca ha sido un tema distante. Ha sido vivida—a veces con alegría, a veces a través del dolor—siempre de manera imperfecta. Uno de los momentos más determinantes de nuestro camino ocurrió en octubre de 2023, durante un período de profunda desilusión.

A lo largo de todo ese tiempo, nuestra fe fue el lugar al que regresábamos cuando la claridad era escasa y los resultados inciertos.


En ese momento, recibimos una noticia desalentadora: una prueba de embarazo negativa. Después de un proceso largo y complejo, el resultado parecía claro y definitivo. Estábamos devastados. La posibilidad de que nuestro deseo de criar hijos no se hiciera realidad se sintió de repente muy real.

El domingo 29 de octubre de 2023 hicimos lo que nuestra fe nos había enseñado en momentos de incertidumbre: fuimos a misa para rezar.

En ese momento nos encontrábamos en Washington, D.C., y asistimos a misa en la Basílica y Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción. La basílica, con sus numerosas capillas marianas, parecía reflejar el camino de la vida humana. En algunas imágenes—como Nuestra Señora de los Dolores—María permanece junto a quienes experimentan dolor, pérdida e incertidumbre, recordándonos que el sufrimiento no es ajeno a Dios. En otras, como Nuestra Señora de Guadalupe, expresa palabras de profundo consuelo: “¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo?” En ese momento, la basílica se sentía como un lugar donde el dolor y la esperanza podían coexistir, donde María acompaña tanto las heridas como las promesas de nuestras vidas.

Después de encontrar nuestra banca, comenzamos a rezar intensamente, aun cargando el peso de la noticia recibida. De inmediato notamos que justo a nuestra izquierda había una imagen de Nuestra Señora de Guadalupe. Aunque aún no sabíamos lo que traería los días siguientes, esa imagen nos habló profundamente. Al contemplarla, era imposible no pensar en México y en nuestro deseo de ser padres con el corazón lleno de tristeza. Recuerdo haber pensado: “¿por qué, María? ¿por qué está pasando esto?”

María permanece junto a quienes experimentan dolor, pérdida e incertidumbre, recordándonos que el sufrimiento no es ajeno a Dios.



Dos días después, el 31 de octubre de 2023, llegó otra señal inesperada—esta vez desde el corazón de la Iglesia. El Dicasterio para la Doctrina de la Fe publicó una respuesta, aprobada por el Papa Francisco, sobre si los niños en situaciones familiares complejas podían ser bautizados. La respuesta fue breve pero clara: para que un niño sea bautizado, el requisito esencial es la existencia de una esperanza fundada de que será educado en la fe católica, como lo afirma el derecho canónico (Can. 868 §1, 2).

Desde el inicio, la intención de mi esposo y la mía fue criar a nuestros hijos dentro de la vida de la Iglesia—enseñarles a rezar y acompañarlos hacia los sacramentos formando sus conciencias a la luz del Evangelio. Este compromiso está profundamente arraigado en nuestra fe. Esta respuesta del Papa no fue solo una aclaración jurídica. Expresó algo que ya sabíamos en nuestro corazón.

Al día siguiente, en la Solemnidad de Todos los Santos, recibimos una llamada que indicaba que lo que nos habían dicho días antes no era, en realidad, el final de la historia. El resultado desalentador resultó ser falso. No solo íbamos a ser padres, sino padres de dos hijos.

Esta experiencia fue profundamente sanadora, porque nos recordó que la Iglesia no es un tribunal de perfección, sino una comunidad encargada de custodiar la esperanza.


Mirando en retrospectiva, la acción de Dios en esos días parece casi imposible de ignorar: desilusión, oración, un signo mariano, una palabra clara de la Iglesia y una alegría inesperada. Nada de eso eliminó la dificultad del camino, más bien, reveló la fidelidad silenciosa de Dios en medio de esas dificultades.

A nuestro hijo lo llamamos, Mariano, en honor a la Virgen cuya imagen nos dio ánimo ese día en Washington, D.C., y para nuestra hija ya habíamos escogido nombre previamente: Elisa. Fue hasta después que supimos el significado de su nombre: “promesa de Dios”. Al mirar atrás, parece menos coincidencia y más como la acción de Dios suavemente escrita en la historia de nuestra familia.

La decisión de bautizar a nuestros hijos nunca estuvo en duda. Lo que no sabíamos era cómo seríamos recibidos. Como muchos católicos LGBTQ, nos acercamos al proceso con confianza y cautela. Sin embargo, lo que encontramos fue gracia.

Nuestra parroquia nos recibió cálidamente y el sacerdote nos acogió con apertura y respeto. Los catequistas que nos acompañaron durante la preparación prebautismal fueron genuinamente solidarios. No hubo interrogatorios ni exigencias de explicación, solo una preocupación compartida por el bienestar espiritual de nuestros hijos.

Esta experiencia fue profundamente sanadora, porque nos recordó que la Iglesia, en su mejor expresión, no es un tribunal de perfección, sino una comunidad encargada de custodiar la esperanza.

Bautizar a nuestros hijos fue un acto de esperanza cristiana.



El bautizo de nuestros dos hijos fue presidido por el Padre José Manuel Díaz, quien desde hace tiempo acompaña a familias diversas con sensibilidad pastoral y fidelidad al Evangelio en nuestro país, Costa Rica. La ceremonia fue profundamente emotiva, con nuestras familias reunidas alrededor de la pila bautismal, acompañadas por el coro y unidas no por la uniformidad, sino por el amor.

Nuestros hijos fueron bautizados como hijos amados de Dios que “serán educados en la fe católica”.

Mirando atrás, bautizar a nuestros hijos fue un acto de esperanza cristiana. No la esperanza de que todo sería sencillo, sino la esperanza de que la gracia de Dios no está limitada por la complejidad y que los sacramentos no son recompensas por circunstancias ideales, sino dones destinados a acercarnos más a Dios.

Casi dos años después, nuestros hijos reconocen instintivamente a la Virgen María, como nosotros lo hicimos en la basílica en Washington, D.C. Ya sea en una iglesia, en casa o en cualquier lugar, señalan y dicen: “Mamá María”. Es en ese reconocimiento de su madre espiritual donde volvemos a encontrar la gracia que nos condujo por primera vez a la fuente bautismal.

Daniel Castillo Vaughan

Daniel Castillo Vaughan is a pharmacist in Costa Rica working in regulatory and medical information, and a husband and father of two.

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